viernes, 18 de agosto de 2017

Hasta los huesos

-Veintidós, veintitrés, veinticuatro… están todas, como siempre.
-¿Estás segura? Vuelve a contarlas.
-Mady, he hecho ya dos vueltas, no hay duda.
-Venga, otro repasito más…
-¡Madison! ¡Tienes todas las vértebras visibles y en su sitio! ¡Estás tremendamente delgada, venga ya!
Me miró con sus ojos almendrados con un poco de reproche y otra pizca de agradecimiento por el recuento rutinario. Fue directa al calendario que teníamos colgado en la pared, al lado de la puerta.
-Hoy hacemos cinco meses aquí. Ciento cincuenta días, y porque nos pilló febrero en medio.
No dejaba de sonreír. Acababa de empezar la temporada de verano en el hospital y todo el mundo rezumaba un positivismo horripilante.
-Me están entrando ganas de vomitar.
-¿Sí? Pero, ¿nivel código rojo? Joder Sam, ya sabes que esta hora es malísima para un código rojo.
-No literalmente, tronca. Y pensar que hace cinco meses te pillaron potando las uvas de noche vieja. Año nuevo…
-… vida nueva.  – repite conmigo a coro.
Y rompe a reír. La verdad es que, a pesar de todos los kilos que debía engordar, estaba increíblemente preciosa.
-Ven aquí.- Le di un beso en la frente y me quedé jugueteando con un mechón de su pelo. Era el más suave que había tocado nunca y más dorado que el propio oro.
A veces, cuando hacía buen tiempo y nos dejaban salir a la terraza, se colocaba frente al sol como si pudiera absorber todos sus rayos de golpe. Y lo hacía, desde luego que lo hacía. Volví al presente cuando hizo un movimiento incómodo para recolocarse sobre mi pecho.
-Antes estaban más grandes, ¿verdad?
-Sí, bueno, supongo. Pero a mí me gustan así.
Mady estaba bastante más delgada que yo. Es cierto que entre nosotras solemos creer que es a la otra a quien se le marcan más los huesos, pero objetivamente Mady era mucho más estrecha y pequeña que yo, se mirase por donde se mirase.
-Estaba buena la cena de hoy- se hizo un silencio eterno, aunque apenas habían transcurrido unos segundos- ¿no te parece?
-Sí, un poco, no tenía mala pinta…
-Tenemos el mejor menú de todo el hospital.
-Ya… - empezaba a irritarse.
-Y además la fruta de esta temporada es mucho más rica que la que traen en invierno.
-Deliciosa…- refunfuñó con sarcasmo.
-Yo hoy casi repito…
-¡Bueno, basta ya!- me corta- ¿a dónde quieres llegar con esta conversación?
-No sé si voy a aguantar mucho más aquí Mady…
-Eso es mentira.
-Te lo digo en serio. Me estoy tomando la medicación.
-¿Qué? Estás enferma.
-Sí, por eso me la tomo.
-No, estás enferma precisamente por caer en su trampa. Estás pensando como ellos quieren. Y encima me has mentido.
-No es verdad.
-Sí, me decías que tirabas la pastilla siempre.
-No, tú me preguntabas “qué tal ha ido” y yo respondía “bien”, porque así era. No había forcejeos, ni llantos, ni regañinas. Simplemente tenía que tragar y me dejaban en paz.
-Pero era obvio a qué me refería yo con ese “qué tal ha ido”.
-Pero nunca lo decías literalmente.
-¿¡Literalmente!?
-Sí, literalmente.
-Eres una asquerosa.
-Mady…
-Siempre lo tienes todo pensado…
-Mady…
-No dejas un cabo sin atar y siempre tienes bien apretadas todas las tuercas…
-¡Madison!- cada paso que daba, ella retrocedía, no me dejaba acercarme. Cuando llegó a la pared, se deslizó por ella y rompió a llorar en el suelo. Casi de forma literal, porque pude escuchar sus huesos impactando contra las baldosas.
La escena era bastante lamentable. Pero parecía que se había colocado ahí a propósito. De la ventana llegaban los últimos rayos de luz del día y resbalaban sobre su cabeza. Volví a recordar su manera de respirar en la terraza. Miré su pecho, aún dominado por diminutas convulsiones a causa del llanto. Rodeé su cuerpo con mis brazos y me senté en sus caderas, como a ella le gustaba.
-Quiero salir de aquí, pero no pienso irme si no es contigo.
-Pero yo soy feliz así. Aquí estoy bien, contigo. Reímos, jugamos, cometemos locuras juntas, engañamos a los de seguridad y nos burlamos de los médicos. Es como una aventura constante. Me hace sentir bien. Es como si viviéramos en un videojuego y cada día fuera un nivel nuevo.
-¿Y no crees que ya es hora de volver a la realidad?
-¿A qué realidad, Sam? ¿A la tuya? ¿A la de ellos? ¿O a la mía?- replicó mientras se desabotonaba la bata hasta el ombligo, dejando mostrar su desnutrido cuerpo- ésta es mi verdad.
No pude evitar robarle un beso. Y después otro. Sabían a sal. Probablemente fuera lo más cerca del mar que estaría en mucho tiempo, así que saboreé hasta la última de sus lágrimas. Ella se me había adelantado y ya tenía todos los botones de mi bata desabrochados. La miré, amenazante, y deslicé mi mano por debajo de su ropa interior. Soltó una risita de esas que me encantaban porque venían seguidas siempre por un "ahora verás" implícito en su mirada. Se mordió el labio inferior. "Ahora sí", pensé, y me tumbó en el suelo con un solo movimiento. Realmente ocupaba bastante menos que yo, pero en fuerza estaba la primera con diferencia. Me arrancó las bragas de un mordisco y me metió los dedos índice y corazón en la boca. Los lamí como si no hubiera mañana, lo que hizo que me sintiera aún más mojada de lo que ya estaba. Los introdujo dentro de mí y comenzó a jugar como sólo ella sabía hacerlo. Puede que fuera simple casualidad, pero aunque sólo sea por la práctica, a nosotras con los dedos no hay quien nos gane. Empecé a jadear y le supliqué que se colocara encima. Le encantaba tener el control, pero aún más cuando yo le pedía que hiciera cosas. Me guiñó un ojo y empezó a rozar su clítoris con el mío, aún con los dedos dentro de mi coño.
-Joder, Madison.
-Dime que vas a estar siempre conmigo.
-Siempre.
-Toda la frase.
-Dime que vas a estar siempre conmigo- la reté con tono burlón.
Su expresión pasó a ser bastante más seria, pero no lo suficiente como para que pudiese parecer real. Me dio una bofetada. Era mi momento. Le agarré el pelo en el punto justo para que no pudiera moverse y con la fuerza exacta para no hacerle daño. Era el más suave que había tocado nunca.
-¿Qué era lo que tenía que decir?- le susurré al oído mientras me movía sobre ella cada vez más rápido.
-Sa... sa… Sam, no.
-Shhhh... contesta.
-Sam, para... ¡Dios!
Soltó uno de los mayores gemidos que jamás le había oído y eso motivó aún más mis ganas de reventar mi cadera contra la suya.
-Si sigues así voy a tener que correrme.
-Hazlo.
Con una mano se agarró a mi espalda y con la otra me apretó el culo. Tenía una pierna levantada, otra de sus virtudes era su maravillosa flexibilidad, así que aproveché para besarle y lamerle el muslo. Ella ya estaba temblando y yo sedienta de un orgasmo suyo. Corriendo, me deslicé por su tripa y dejé la mano que tenía en mi espalda, sobre mi cabeza. Estaba empapada. Moví la lengua en círculos durante unos segundos y, cuando estuvo a punto, metí el turbo. Convulsionó tres veces, me tiró del pelo e intentó agarrarse a las patas de la cama al mismo que arqueaba todo su cuerpo haciendo una onda más bonita que la de cualquier ola de mar. Me quedé un rato ahí abajo, reposando, aún con el clítoris latiendo a mil por hora. Madison fue recuperando su respiración habitual y cuando consiguió la fuerza suficiente para levantar la cabeza, me miró sonrojada y con su sonrisa de agradecimiento.
-Siempre me haces lo mismo.
-Es que me encanta verte disfrutar.
Recogió su bata del suelo y empezó a vestirse una vez hubo logrado incorporarse. Me tiré en mi cama extasiada y aún con mil pensamientos de huida en la cabeza. Pero, como siempre, tenía sentimientos encontrados.
-Tus tetas son perfectas como están.- dijo mientras se acurrucaba a mi lado- pero es cierto que antes tenías mejor culo.
Me reí. La verdad es que nunca había tenido un  cuerpo del otro mundo, pero recordaba que mi culo solía ser un tema de conversación recurrente en los recreos.
-Aún no me lo has dicho.
-¿El qué?- conseguí articular casi sin fuerzas.
-Que vas a estar siempre conmigo.
Mentiría si dijera que no lo escuché, pero tampoco me hice la dormida. Supongo que antes de que pudiera responder, el cansancio acabó conmigo y cerré los ojos sin decir nada.

EPÍLOGO
Cuando los abrí, estaba completamente sola. En la cama no había nadie más que yo. Tenía mi cuerpo de siempre, mis tetas de siempre, incluso mi culo de siempre. Di la luz. Estaba en mi habitación. Me incorporé y me froté los ojos para cerciorarme de si era verdad lo que estaba viendo. Al levantarme me miré en el espejo que tenía a mi derecha. Mi pijama de batman, nada de batas verdes ni zapatillas blancas. Estaba descalza y sentía los pies con más apoyos que nunca. Sobre mi escritorio alcancé a ver los panfletos del hospital. Me dio una punzada en la sien y automáticamente fui a por las llaves de casa.
Dos minutos después estaba caminando por Barcelona descalza y en pijama. Al cabo de un cuarto de hora tenía mis pies sumergidos en la arena de la playa. Llevaba varias noches soñando algo extraño de lo que luego no me acordaba. Miré a la luna, que me devolvió la mirada y me guiñó un ojo. Sonreí levemente y seguí disfrutando del sonido de las olas y el olor del mar. Tenía un enorme vacío en el pecho, a pesar de estar llenando mis pulmones de aire como si me fuera la vida en ello.
Al volver a casa pasé por el pub Madison a por un paquete de tabaco. No solía fumar, pero me apetecía mucho un cigarrillo. Me quedé mirando el letrero amarillento mientras inhalaba el humo de un malboro recién abierto. Intentaba recordar algo, pero, ¿el qué? Me mordí el labio al apagar el cigarro. Miré la cajetilla, le di la vuelta al que decidí que sería el último y saqué otro para fumármelo de camino a casa. Cuando estaba en la calle paralela, vi uno de esos paneles digitales donde aparece la fecha, la hora y el tiempo: 1 de junio, 04:36 am. En unas horas tendría que levantarme para enfrentarme a mi primer día de prácticas en el hospital y ni siquiera estaba nerviosa. Al menos no por esa razón. En cambio, sí había algo que me inquietaba, pero, ¿el qué? Entré en casa, dejé las llaves en su sitio y fui directa a la cocina. Abrí el frigorífico, pero realmente no tenía hambre, así que bebí un cuarto de litro de agua de la botella que teníamos siempre en la nevera. La rellené, la volví a colocar en su balda y me fui a mi habitación.
Llevaba por lo menos media hora en la cama sin poder conciliar el sueño, así que opté por el método más ortodoxo del mundo: contar ovejas. “Una, dos, tres…” las ovejas iban saltando una valla de madera conforme pasaban por mi cabeza. “Veintidós, veintitrés, veinticuatro… están todas, como siempre”. De pronto me dio un calambre. Fue una sensación similar a la que puedes tener cuando estás soñando que vas en un coche y de pronto pegan un frenazo. Acción reacción. Automáticamente coloqué mi mano derecha en mi espalda y la izquierda sobre la cabeza, como si me abrazase a mí misma. Con la yema de los dedos de la primera mano rocé el tatuaje que me había hecho años atrás. “Voy a estar siempre contigo”, en cursiva y con una letra mucho más bonita que la mía. Realmente no me acordaba de cuándo ni porqué lo tenía grabado. Después de todo, como para recordar algo. Pero era infalible. Cada vez que me colocaba en esa postura y conseguía tocarlo, lograba quedarme profundamente dormida, aun teniendo a alguien al lado esperando una respuesta a una promesa eterna, que nunca había hecho falta confirmar. Literalmente.

martes, 8 de agosto de 2017

Soleil

Escribir es la manera que tengo de plasmar lo que veo en mi cabeza, una vez lo he traducido en palabras. Un verbo. Una acción que me libera pero no alcanza la cima en la que me siento cuando tengo la necesidad de vomitar verbalmente. Una cima que a veces está arriba y otras en lo más profundo, según el reflejo desde el que estés mirando. Hola, me llamo Mar y te estoy hablando a ti, que te has parado a leerme. Me gustaría saber porqué. Por qué te interesan estas líneas que posiblemente entiendas a la mitad. No, no te vayas, no te lo tomes a mal. Pero si fuera tan fácil entrar en la cabeza del otro, el mundo no sería mundo y tú no estarías aquí. Hoy voy a hablarte a ti directamente. Voy a explicarte que todo lo anterior es el prólogo que añado para tener un impulso que tire de todo lo demás. Como coger carrerilla. Así que ven, vamos a correr juntos.

Se consumen los segundos del último día del séptimo mes del año. Lo suficientemente lento como para mantener contenido el éxtasis y demasiado rápido para ir con la hora tirándote del calcetín. Siete minutos para bajar, correr, picar, subir, encontrar, correr otra vez, bajar, buscar, sacar, meter, gritar, subir, reír, sentarse y respirar. El siete no es mi número de la buena suerte, más bien todo lo contrario, pero fue. Nunca un comienzo tan a oscuras, brindó toda esa luz. Como una niña con juguetes nuevos, disfruté de las primeras horas de lo que iba a ser mi nueva vida, al estilo de una buena novata. El primer regalo llegó gracias a un salón vacío y un pasillo abarrotado. Tres sirenas, cada una de un color y con la sonrisa más bonita que la de las otras. A partir de cierto momento perdí la noción del tiempo y recuerdo en forma de pequeños destellos de fuego y con un cosquilleo constante en la curvatura de la planta del pie. El cielo estaba más caótico que yo y de vez en cuando se rompía en el aire. El agua prohibida del Ártico rebosaba delante de nosotros, invitándonos a ser cubitos de hielo a precio de robo. Y de la tierra de tan solo tres apoyos, empezaron a brotar los restos que desataba cada elemento anterior. Luces, colores, sonidos, oler el mar en tu vestido. De las alturas descendió una lechuza blanca buscando las palabras adecuadas para saber qué contar. Al final entendió que para entregar un mensaje no es necesario decir nada. Agua, purpurina, Purpurina, descargas eléctricas, plástico. Oído, gusto, olfato, vista, tacto. Tac. Tac, tac, tac... Respirar, morder, arañar, besar, bailar, tocar, rozar, sentir, gemir, gritar, flotar, flipar, sonreír y alcanzar. El tiempo siguió haciendo de las suyas y a cada hora que pasaba, yo me convertía en ruina. Pero sabiendo dónde estaba cada trocito de mí para poder, en cualquier momento, cruzar la siguiente puerta. Una. Detrás. De otra. El ambiente se iba cargando de humo y contagiando de risas, hasta la noche del caos. El círculo de cada vez, el juego, las preguntas comprometidas, el quiero y ¿no puedo? Una huida, la caída, un regreso y señal. Una mano sujetando el tambaleo sostenido. Miedo de uno y todos a una. La última canción y un nuevo amanecer. Pasos sobre la arena, con rumbo pero sin saber cuál es; pupilas sin ojo, plenitud sabor a sal y calor de hoguera, de los continentes. Una estrella brillando como nunca, y no me refiero a la que había en el cielo. Las nubes seguían girando y nosotras también; El mundo todavía no se había parado.
Han sido siete al galope, sentidos paso a paso. Si haces memoria, ese número nunca fue mi favorito y si te detienes y analizas, hasta ahora todos los puntos han sido seguidos (porque guardo esa sensación de lo que he vivido). Pero antes del epílogo, debéis saber que estas líneas no comprenden cada imagen del sueño. Ni siquiera pretenden resumir los instantes que han pasado, porque no quiero que se desvalorice su magia y siempre es mejor vivirlo que contarlo.

Después de ésto, os diré que el agua es un bien preciado, que hay gente buena en el mundo y dones ocultos por todos lados. Que el tesoro más escondido sigue sin descubrirse, y lo que me encontré al volver no pienso desvelarlo. Y es que, aunque renazca cual ave fénix, también sé que tengo alma de Medusa, y que no voy tan desencaminada cuando hablo de mi fobia a las serpientes. Porque soltarse el pelo siempre da vértigo, pero, como ya he dicho, vuelvo a nacer pájaro libre y, aunque cada vez resida más alto y sea todo un reto alcanzarlo, pienso volar siempre en dirección al nuevo sol.

lunes, 30 de enero de 2017

A mí, por superarme cada día

Llevo mes y poco sin publicar nada de lo que escribo. Llevo casi veinte años de vida reinventándome y cambiando las ideas que conforman mi cabeza. Y estoy contenta. Estoy contenta y orgullosa cuando me siento feliz, pero también cuando estoy triste, cuando me emociono y cuando me irrito hasta ese punto de histeria que muchos conocen. Y lo estoy aún más cuando reconozco en mí sentimientos contradictorios, porque me demuestran lo que podemos llegar a sentir los humanos siendo tan poca cosa aparentemente. Hormigas, vistos desde arriba, polen sobrevolando la hierba, gotas de lluvia luchando contra el limpiaparabrisas del coche... A veces imagino que vivo dentro de un cítrico y pienso "¿me estaré volviendo loca?" y me da apuro confiarle mis pensamientos a los demás, a veces. Pero lo curioso es que no me da miedo imaginar dichas ideas. Ni tampoco tengo pánico a sentir, a que me lleven por delante o a que me hagan descubrir nuevas partes de mi misma. Lo peor viene cuando tienes que decir todo eso en voz alta, ¿no? Pero qué más da. Si ya está dentro, si lo único que estás haciendo es proyectarlo hacia fuera para que alguien pueda atravesar los muros de piedra que tú mismo te colocas en el camino.
Llevo un mes y poco pensando, soñando y escribiendo sobre alguien. Y ese alguien soy yo. Una yo que ha sido configurada gracias a muchas decisiones, tomadas en base a unas circunstancias, alteradas por diferentes personas. Relaciones al fin y al cabo, sean del tipo que sean.
Hoy me da igual quién sea más o menos importante ahora, porque todo suma (por irrelevante que pueda parecer) y solo quiero plasmar aquí algún detalle, algo que me haya hecho sentir algo, sea lo que sea. Porque, aunque la mayoría hayan sido relaciones de paso y no permanezcan en este momento, también cuentan (al igual que hay personas especiales que se han cruzado o están ahora mismo en mi camino que no voy a nombrar, porque no se trata de eso).

Empezaré por Adrián Luque, por ser mi amor de la infancia,
y Andrea Funcia, mi primera archienemiga oficial, aunque fuera más una relación de amor-odio que otra cosa.
Gracias a Alex(d) por creer que soy capaz de todo,
a Antonio Ortiz por ser el primer mejor amigo del que acabaría colgada
y a Antonio Hernández por conseguir que siempre pique.
Alex Gómez por las vueltas de la vida,
Alejandro Escabias por la hospitalidad y
Zamorano el hacer tercero de la eso un poquito más entretenido.
A Alba Vilariño por descubrirme las patatas con sabor a miel y mostaza, 
a Alba Durán por las risas y el daño
y a Alba Páez el recordar, borracha y nostálgica, conmigo nuestros trece años estas últimas fiestas.
A Adrián Rivera le debo ser capaz de mandar a tomar viento a alguien que no me hace ningún bien,
y a Amo su inagotable disposición a ayudar.
A Aitana su chaqueta cuando perdí la consciencia,
Alicia, la primera sonrisa,
a Andrea Huélamo el liarla en mi decimotercero cumpleaños
y a Andrea Morales ese "¿te gusta que todos los chicos estén pendientes de ti, verdad?".
Gracias, Alvaro, por concebir el tiempo de manera que lo entienda,
Nogales haber confiado primero en mí, inesperadamente,
Quesada por ser el gran platónico inalcanzable
y Morato las miradas de "¿otra vez?" pero nunca recriminando nada.
A Adriana Ubani por aparecer este curso.
Andrés por hacerme sentir la chica con la voz más poderosa del mundo.
A Ángel Pelayo el empujón
y a Angel Cobes el amor de mi vida.
A Byron la valentía,
Bryan el otro mundo
y a Belén, ella.
Clare y los pinchos de tortilla los martes (con mayonesa),
Carlos Uribe y la textura de su chaqueta
o Carlos Aranda y los reencuentros.
Gracias Carla por empezar nuestro examen de conducir.
A David Rodríguez por marcarme la página 93
y a Morante por no querer hacerme daño.
A Diego Soto los mordiscos
y a Landaluce los lapiceros.
A Dani ser el único en apostar que sería la primera en saltar,
al otro, el apodo de "ram"
y al de ahora, la capacidad de conseguir que deje de llorar.
A Daniel Gómez por sostenerme.
A Debra, de la cual no recuerdo su cara, pero sí su nombre, ser mi amiga del parque.
A Eric los donuts por ser su profesora de verano,
a Esperanza Almagro el perro gigante de peluche que aún conservo,
a Evita las mentiras
y a Eva su cardo lleno de verdad.
A Elena Ahijado por ser la primera en soportarme
y Elena Villa por las ganas de conectar. Gracias, Esther, por haber confiado en mí como tu Tatiana.
Fer, ser su patito,
de Fátima su ojito derecho
y Fran, el haber venido a escuchar mi canción de Rozalén.
A Guillermo ser el único profesor de historia que hace historia en sus alumnos,
a Guille Galindo el adoptarme por un tiempo,
a Gonzalo la decepción y hacer que me arrepienta.
A Guillermo Pareja la inyección de anestesia (que quizá acabe curando).
Gracias Heavy por salvarme aquella tarde de abril
e Himar comprenderme hace tres días.
Hillary por la genialidad.
A Ibón le debo el sueño de pelar patatas,
Iván, el echar en falta,
a Irene el deseo de ir a Roma
y a Litry, ser Litry y no Irene.
A Íñigo los detalles como "gracias por ser como eres".
Gracias a Javi Galindo por cuidarme absolutamente todo el tiempo esa noche,
a Joshua por los aviones, obviamente,
a Juanjo las sábanas asesinas
y a Junes los viajes en autobús.
A Juanmi por ser mi no primer beso,
a Jorge Puertas por la vuelta a casa en coche después de la manifestación
y a Jenn por la magia que desprende.
Julia por enseñarme el "times up"
y Juancar por las mandarinas.
A Karla la envidia sana,
a Kevin el "nobody loves me"
y a Kenia por dejarse escoger.
Lara por ser tan jodidamente liante de pequeña,
Leyre por el engaño en la casa abandonada de La Adrada,
Loli por todas las mañanas de verano cuando aún no lo llamábamos así
y Lolo por ser el mejor acompañante de entrevistas sobre Arcadia.
A Luis Ferreyra le debo gran parte de mi primero de la eso y ahora resulta que es padre,
y a Luis Mujica el comienzo de mi primero de bachillerato.
Gracias a Lydia por limpiarme la voz
y a Luna por mantenerme a raya.
Laura Hernández por los "bájate al pinar",
Laura López por los bastidores chejovianos.
Lauri y su tesis sobre Snape,
Lucía y sus preguntas random en cualquier clase
y Lucas y su sexappeal brasileño.
A Lourdes por los cruces de caminos.
A Luis Espacio por darme la clave de la vida (y por el ocho de diciembre).
A Manu Escobar le agradezco mi desvío de nariz,
a Manu Pico la admiración (de mí por él, que quede claro),
al Manu tipo duro, el haberlo sido,
y al más pequeño, ser un buen ahijado escolar.
A Mario Tenorio por comerse mis problemas familiares sin venir a cuento
y a Mario García por crear nuestro propio lenguaje en clase de análisis.
Marta Escabias y las tarjetas de cumpleaños,
Marta Esteban y los complejos comunes innecesarios.
A Montse por no cuestionarme ni cuando me pintaba las deportivas con boli bic.
Gracias Marcelo por ejercer tantas veces de hermano mayor.
A mi prima María (o Mey) por adorarme así.
Y a su madre, Mela, más de lo mismo.
Gracias, Mayte, por tratarme como a una hija.
A Nacho la batalla Marita,
Natalie las ganas de creer,
Neli el amor incondicional
y Nora la conexión de vidas paralelas.
Nando me debe veinte pavos y la dignidad por ver una basura de película.
A Noelia por recordarme que tenga cuidado escogiendo en quien confiar,
a Nico por salvarme cierta noche este último septiembre
y a Nieves por demostrarme, ayer mismo, que pase lo que pase todo sigue como al principio.
A Oscar por ser un pilar fundamental de mi transición.
Gracias Pablo Misirov por ser el único que consiguió no llorar en el viaje de fin de curso de sexto de primaria y mantenernos a todos a flote.
A mi Paulita por esa carta la primera vez que me invitó a merendar a su casa
y a Paula Martín por odiarme y yo seguir sin saber por qué.
A Patri Robles por el café de hace un año
y a Patri Ortiz por ser la cuñada que todas querríamos tener.
Gracias, Pepe, por dejarme deshacerte la cama sin pedir nada a cambio.
Y a Paloma por el bonding.
A mi prima Paula por dejar que su amiga Paula estropease mi dibujo cuando tenía cinco años.
Gracias Rocío por echarme el colirio fuera del ojo,
Raul por conquistarnos con jamón serrano
y Robert por esas sabias palabras justo antes de subir al escenario.
A Rubén Encinas por no arriesgarse,
Rubén González por ser la mejor pareja de badminton del Rayuela,
Rubén Calvente por dejarte siempre con la intriga
y Rubén, por bautizarme como "veneno" mientras tragábamos carretera todavía sin carné.
A Ricardo y Rebeca Capellán por ser mis hermanos mayores desde que tengo uso de razón.
A Rafa por confiar en mí, siempre.
Gracias Sergio Muñoyerro por encontrarte conmigo en el autobús y no saludarme después de haber sido uña y carne los tres.
Sarita por reventar juntas el quad,
Sergio Ruiz por fundar la fiesta de la escayola
y Solomiya por abrazarme en sueños.
A Silvia Mendoza por el "sigue a tu corazón" como lema de vida
y el "ha sido El Fonta" de Silvia García.
A Silvio por respetar los temblores
y a Siyes por ser Platón.
Gracias Víctor por ser ejemplo conmigo de "cómo bailar una folía" cuando casi no me conocías
y Vicen por tener razón.
A Toño por cagarse en el río y no en la mar.
A Yani, porque estoy tranquila sabiendo que su esencia siempre estará a salvo contigo.

Llevo mes y poco dándome cuenta de que las necesidades las creamos y destruimos nosotros mismos, porque somos suficientemente poderosos para ello. Y hoy escribo precisamente esto aquí, después de tanto, porque quiero, puedo y me lo merezco.
Pero no lo necesito.

sábado, 20 de agosto de 2016

Isla

En Isla encontré muchas cosas bonitas, pero también alguna otra que no lo es tanto (porque siempre duele admitir los errores de uno mismo, ¿no?). Descubrí a una "yo" que no quiero desarrollar, pero que lleva acompañándome demasiado tiempo. Mañana por la noche hace una semana que cené comida vegana por primera vez, dormí en la playa (literalmente) por primera vez y le confesé a tres personitas de carne y hueso que a veces no me siento viva. Relax, no es un drama de los míos, esta vez es mucho más sencillo. Me encanta escribir, me hace sumergirme en otro universo donde no soy yo quien escoge qué palabra encaja y creo que por eso lo necesito tanto cuando tengo que huir y debo quedarme. Pero he llegado hasta tal punto que, por desarrollar esa pasión, he dejado de vivir yo, al evadirme siempre. He dejado de centrarme en lo verdaderamente bello por crear una realidad aún más bella, que no lo era, porque no era real. Y quiero destacar que con "bello" me refiero tanto a las cosas buenas como a las malas, porque he conocido dolores fascinantes. Me han replicado a lo largo de mi vida que no sé vivir en presente, que siempre me quedo anclada al pasado u obsesionada con un futuro imprevisible. Y realmente creo que esto tiene algo que ver, como muchas otras cosas que hay dentro de mí y no pienso sacar aquí fuera. De hecho, no pienso decir nada más. Y ahora es cuando, los pocos que habéis llegado hasta aquí decís: y entonces, ¿por qué lo estás contando? Bueno (no vamos a ponernos intensitos) vengo a despedirme, a reinventarme como siempre digo yo. Porque un escritor (que no me considero tal, ni mucho menos) es la suma de sus experiencias, pero para ello primero hay que vivirlas de verdad. No sé si me he explicado, ni siquiera sé si seré capaz de llevarme a cabo. Pero estoy segura de que quiero intentarlo. Por los pequeños detalles que me he podido perder a veces y todo lo que estoy a tiempo de ganar.

martes, 21 de junio de 2016

¿Dónde está todo el mundo? I

Últimamente no sé que entiende la gente por escribir. Todo el mundo se considera escritor por juntar un par de palabras para hacer oraciones y, si consiguen crear un párrafo entero, para qué queremos más. Como siempre, la idea de que en lo subjetivo todo vale, se toma por ley y se menosprecia a otros tantos que sí consideran cada espacio, coma o punto y a parte, un arte. Porque no es lo mismo comparar con un símil que utilizar otro distinto, aunque pueda parecer indiferente. Ni esa metáfora te llevará a la misma imagen que esa otra. Se necesitan unas reglas, con sus límites para obedecer o romper según quién seas, unas pautas que aprender y pulir sólo quién de verdad quiere saber y dedicar su tiempo a ello.
Lo mismo ocurre con los demás artistas. Ahora la fotografía se degrada hasta tal punto que los selfies o las autofotos con morritos en el espejo del cuarto de baño se consideran obras de arte. Cualquiera que suba un vídeo a YouTube con una calidad media de edición de vídeo será un estupendo director y realizador de cine. Los actores pintan bien poco en esta sociedad. ¿Y eso para qué sirve? Dicen los mismos que no pueden desengancharse del tal serie o que cada vez que se estrenan cierto tipo de películas son los primeros que hacen cola en la taquilla del cine. Y es triste criticar algo que tú mismo consumes, pero al menos tienes consciencia como para hablar de ello, aunque en el fondo no pienses en lo que estás diciendo. Estoy segura de que ninguno de ellos han pisado un teatro fuera de excursiones escolares o similar, quiero decir, por gusto y voluntad propia. El teatro. Donde trabajan personas que un día decidieron que deseaban esa forma de vida para los restos (porque un actor es siempre), igual de válida, profesional y complicada que cualquier otra, o más incluso, en lo que a forma de vida respecta. Y son esos mismos cuerpos los que dejan su alma a un lado por un par de horas y se sumergen en la de otro, sólo para hacerte ver a ti una realidad que quizá no quieras admitir o no seas capaz de ver en tu propia piel. Dicen que las cosas que te ocurren se ven mejor desde fuera, con otra perspectiva que no sea la tuya, para que puedas darte cuenta realmente. Pues bien, el teatro es el vivo reflejo de la vida, y muchos aún son capaces de menospreciarlo.
Ojalá todos aquellos que piensan de esa forma sepan algún día que un actor de verdad tiene las mismas horas de entrenamiento, o más, que el equipo de fútbol que vitorean cada semana como si les fuera la vida en ello. ¿Por qué no demostrar ese mismo afán por la cultura y por aquellos que se dejan la piel sobre el escenario igual que otros en el campo?
Por supuesto están al mismo nivel los bailarines, músicos, poetas, los que pintan un par de borrones en un lienzo porque se aburren en su casa, y para qué querrán tantos tipos de brochas o pinceles o incluso una gama tan amplia de colores si no sirve para nada. No es como los arquitectos, porque claro, ellos han estudiado estadística, matemáticas, ciencia, objetividad, eso sí vale, no hay tanta creatividad de por medio, ni sentimientos o emociones que, por suerte o por desgracia, son todo lo que somos los seres humanos.
Desde los primeros tiempos de vida humana en La Tierra, quienes fuesen los que empezaron con esto, había algo en ellos que les decía si algo estaba bien o mal. Instinto, creo que lo llaman, que según el diccionario María Moliner es el "móvil psíquico que determina en los animales los actos no aprendidos ni reflexivos", "facultad de apreciar lo bueno y lo malo en cierta clase de cosas" o "cualquier acto, sentimiento o actitud que, aun siendo reflexivo, obedece a una razón profunda de la que, el mismo que lo realiza, no se percata en el momento de realizarlo".
Nos quieren quitar el instinto y, al parecer, el mundo no se da cuenta.
En las áreas de los más pequeños ya están eliminando la música o la filosofía de sus estudios para que dejen de pensar por sí mismos. Ahora, quieran o no, deberán estudiar economía a pesar de preferir decantarse por las letras y aprender latín o griego. Plástica quedó atrás hace mucho tiempo y religión cada vez se abre más paso entre las demás materias. Y no creo que sea historia de las religiones, que, si mal no recuerdo, fue una optativa que señalé en su momento y fuimos tan pocos los interesados, que no había número suficiente para hacer grupo. Porque claro, es mucho mejor meter a más de cuarenta niños en un aula donde casi no caben treinta pupitres y quitarse de encima a un profesor que podía impartir algo que le interesase de verdad, a él y a los alumnos que marcaron esa casilla. Es mucho mejor mezclar todas las enseñanzas artísticas, porque quien toque el violonchelo seguramente esté igual de interesado en saber utilizar las proporciones o volúmenes que debe tener una escultura, ya que ambas cosas sirven para lo mismo, ¿no? Nada.
Aún no entiendo, de verdad, no me cabe en la cabeza, cómo puede haber gente que considera que todo lo que hoy hace perdurar la historia no sirve para nada, además de los hechos que se creen objetivos porque, realmente ¿quienes, de los que dicen saber, estuvieron allí?
Pero no os equivoquéis, esto no es cuestión de política, en el fondo. Ni de poder, aunque el objetivo de lo primero sea éste, en lugar de demostrar que quieren sacarnos a todos adelante, no a ellos mismos y luego, si eso, ver qué hacen con nosotros.
No les culpéis, es normal, seguramente a vosotros os pasaría lo mismo. El problema está en qué nos hace llegar a ese punto. Porque no olvidéis que los que están ahí arriba son personas, que tienen una familia como cualquiera de vosotros y que, como todos los seres humanos, están condicionados por algo mucho más puro y profundo que todo lo que se haya creado después de ello.

Continuaré.


jueves, 9 de junio de 2016

Big Ru Bén

Las palabras dejan de tener sentido cuando los sentimientos superan la línea entre lo lógico y lo irracional, pero entre nosotros siempre habrá nuevas letras que escribir, canciones que volveremos a componer y que nos acompañarán como banda sonora durante nuestro día a día.
Pero ambos sabemos que eso no es lo importante. El día a día, quiero decir; lo hemos comprobado, juntos y por separado. Te he visto crecer desde hace tres años y, espero, los treinta próximos, y estoy orgullosa. De ti, de mí, de nosotros y de los caminos por los que nos ha ido llevando la vida. No es por ponerme mística, pero a veces el destino juega a nuestro favor y creo que ésta es una de ellas.
Me has demostrado que se puede seguir adelante con ciento un dramas en blanco y negro, porque siempre habrá algo que dé un poquito de color, y hay que apostar por ello. ¿Es difícil? Sí, pero nunca imposible. Y por muchas piedras que haya, muchos profesores gritones o veranos con libros de por medio, merece la pena. Aunque sea simplemente por la satisfacción de decir "lo conseguí".
Me has enseñado a pelear y a resistir, sosteniendo tú todo mi peso si yo no podía levantarme, y estoy segura de que gracias a todo aquello hemos podido no cumplir nuestro pacto. Hemos cantado a gritos en una habitación canciones del pasado e imitado otras frente a puentes romanos con público incluido. Le hemos echado ron a la sangría y vodka a las heridas en noches de fiesta. Y tal vez nos quede por aprender cómo enfocar manualmente una cámara o quizá algún día dejemos de ser la mejor pareja de juegos de mesa del mundo. Pero juntos, siempre.
Feliz cumpleaños Rubén.
Ni diminutivos ni abreviaturas porque cada vez eres más grande. Mi Big Ben, mi hora de (no) llegar tarde y de cumplir promesas, porque siempre nos quedará algo para la próxima vez.
Sé que no es necesario escribir nada por soplar el mismo número de velas que tu poema Griego favorito, porque cuando ríes a carcajadas, yo no siento más necesidad que esa. Tú.
Te quiere,
Luz.

sábado, 21 de mayo de 2016

Handwritten

Tal vez no sean cicatrices, ni puntos de sutura, ni las agujetas de hoy un pretexto para hablarte de algo que no tiene nada que ver con la fotografía. Nadie nace sabiendo cómo coser instrumentos de cuerda, o pensando "esto es lo que se necesita para crecer", pero supongo que a medida que vives, aprendes. No creo que ser el alma de la fiesta conlleve un "ni siquiera sé su nombre" por beber un poco demasiado. Tampoco pienso que hacerse la loca sea la mejor solución cuando quieres tanto a alguien que se te sale el corazón por la boca. Porque hasta los más mayores son como niños en el amor. Considero que, a veces, es necesario dejar de ir a todas partes corriendo lento, tomar un poco el aire y gritar "sí, quiero hacer algo grande". Simplemente por el re-gusto de sentir que vales, que estás viviendo y creciendo de ti, tú, por y para ti. Escribirte "nunca estar solo" como nota recordatorio en tu calendario dudo que sea un buen comienzo, desde luego, si piensas que es algo que se puede olvidar o que, directamente, no necesitas inflexiones contigo mismo. No voy a decirte "sé lo que hiciste el verano pasado" y puede que haya sido desde entonces cuando todo ha cambiado. Pero sigo aquí, aunque tal vez no sea como quieres, no hacia afuera, como me quieres tú. Quizá haya que empezar por ahí, saber quién ama desde dentro y de verdad o solo en fachada llena de carteles viejos de conciertos. Ah, no, no hablo de recuerdos, simplemente me han regalado un disco por mi cumpleaños con 16 títulos que quería escribir aquí.